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日志


Tornasoles

 
 

El momento de mi nacimiento no fue fácil para mi. La húmeda quietud del lugar donde me hallaba, empezó a sufrir repentinas sacudidas y a través de un estrecho túnel, con el empuje de una fuerza desconocida, se abrió ante mí la ventana de un nuevo mundo. Tenía miedo, pero cuando creía que caería al vacío, milagrosamente y por sorpresa, me sentí sostenida por unos brazos que me llevaron en volandas.

 

A lo largo de mi vida, unas veces he visto las cosas que tenía sobre mi cabeza, otras las que había por debajo de mis pies… he visto globos de colores, niños riendo, destellos cristalinos en las aguas de una fuente…  e incluso, al compás de las notas que salían de un bargueño mágico, como la bailarina que se mueve etérea y de puntillas al abrir una cajita de música; he bailado también.

 

Si… este mundo que tanto me había asustado al nacer, ha sido un lugar fascinante que me ha regalado risas, luces, formas muy dispares y colores que nunca hubiese imaginado. Sin embargo, la felicidad… como la propia vida, puede ser escurridiza y escaparse como un pez que se resbala entre las manos. A mi me ha ocurrido de repente y de forma irremediable.  

 

Con la convicción de haber descubierto el más mágico y extraordinario de los tesoros, ha señalado hacia mí con su dedito tierno y regordete. No he podido evitar mirarle a los ojos y en el fondo oscuro de su negra pupila, he podido ver los tornasoles de mi finísima corporeidad, precipitándose hacia el que era mi inexorable destino.  

 

Ahora, lo que queda de mi es apenas una mancha húmeda en su mano que desaparecerá en pocos segundos, pero a pesar de todo, la mía está siendo una muerte feliz. Fenecer siendo tocada por el dedo de un niño, es una suerte que corremos muy pocas pompas de jabón.

 

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Su nombre es Carolina

 

La tarde cae… el tiempo discurre despacio desgranando los minutos como si fuesen hojas y junto al kiosco de los helados, alguna paloma solitaria picotea restos de pan aquí y allá.  Sentado en un banco de esta plaza, dejando fluir hasta la más oculta y secreta de las esencias que pueblan mi mente, escribo...

 

 

 

Igual que llega la enfermedad, de forma inevitable y sibilina, penetró en mí el que ha resultado ser el sentimiento más fuerte y poderoso que jamás he vivido. Mi difunta nunca lo supo, o nada me hizo sospechar lo contrario, pero lo cierto es que iniciado el ocaso de mi vida, cuando uno ya está de vuelta de todo y sin pretenderlo, me enamoré como un adolescente de Carolina, la florista.

 

La veía a través del cristal del escaparate cuando pasaba por la acera. Su piel se veía tersa como la de los albaricoques en su punto exacto de madurez y su cuerpo se intuía lozano y fresco como la hierba verde.  El perfil de sus labios recordaba al arco de Cupido y sus ojos, del color de la albahaca, eran dos balcones que cuando me miraban, producían en mí un vértigo que apenas podía controlar.

 

La amaba en silencio cada tarde.  Sentado en un banco del parque, la veía acomodar las plantas y los ramos que había expuestos en el exterior. Incluso con aquel delantal verde con ribetes naranjas era capaz de eclipsar la hermosura de rosas, margaritas, gladiolos y otras flores exóticas de singular belleza.

 

Alguna vez, a fuerza de verme sentado en el banco o cruzar por delante de la tienda, me saludaba dibujando con la perfección de su boca, una bonita sonrisa. Y yo la veía como lo que era… una diosa inalcanzable y prohibida para mí, pero un día no pude seguir evitándolo y como el enfermo que acude a la farmacia en busca de su remedio; tuve que ir a la tienda.

 

-Buenas tardes, ¿qué desea? Me preguntó sonriente al verme entrar.

 

Sentía la sangre palpitar en mi garganta y temía no poder hablar, pero fue ella misma quien solventó ese pequeño contratiempo al continuar diciendo: - Y qué se puede buscar en una tienda de flores, ¿verdad?...  Tenemos cosas muy bonitas. Las rosas rojas y los iris los hemos recibido esta mañana…-   Yo la miraba deslumbrado mientras ella seguía hablando de orquídeas Vanda y otras exquisiteces florales. Y la fresca calidez de su voz proyectándose entre aquella mezcla de fragantes aromas, produjo  en mi un inusitado efecto sedante; consiguiendo así, terminar con la ansiedad que me produjo el mero hecho de estar cerca de ella.

 

-… Si quiere algo especial como una rosa azul…- prosiguió, … podemos tenerla en veinticuatro horas, aunque tiene que saber que son un poquito más caras que las otras.

 

Convencido de que no había dinero que pudiese pagar la flor que yo necesitaba, le sonreí.  -Se habrá dado cuenta, le dije …de que cada día paso por delante de esta tienda y cuando voy al parque me siento en el banco que queda justo enfrente.  Llevo tiempo preguntándome, si la flor más bonita que hay en ella aceptaría al menos tomarse un café conmigo. 

 

Con esas palabras, acababa de ofrecerle abiertamente y de aceptar yo mismo, mis sentimientos. En ese momento no le dije mi nombre, porque a fin de cuentas ya nos conocíamos. Ella era Carolina, la dueña de la floristería y la mujer que me había robado el corazón y yo no era más que un viejo chocho que pasaba por delante de su tienda cada día.

La respuesta no se hizo esperar. Mientras se quitaba el delantal y le hacía una seña a un joven que pulverizaba unas plantas verdes, para mi sorpresa contestó: ¿Puede ser ahora?

 

Compartimos apenas la brevedad de un café, pero esa tarde dio inicio a los que resultaron ser, unos de los días más felices y enriquecedores de mi vida. Vivíamos nuestra secreta relación en la eternidad que otorgaba el tiempo que podíamos estar juntos y la primera vez que hicimos el amor, a escondidas en el baño lloré como un niño. Uno ya no tenía el vigor de los veinte años, pero ella, mi diosa clandestina, en la plenitud de su vida consiguió despertar en mí emociones que creía muertas. 

 

Cuando Consuelo que en gloria esté, enfermó, dejamos de vernos por expreso deseo de Carolina. Pensó que debiendo estar más presente en mi casa, lo mejor era dejar nuestra relación en una especie de stand by sin fecha de expiración.  Decía que le parecía inmoral estar conmigo mientras Consuelo luchaba por su vida y que lo más justo para con ella, era quedarse al margen.

 

Acepté su voluntad sin alegatos conociendo el riesgo que a pesar de todo conllevaba. Yo estaba seguro de que mi amor por ella no tenía límites y ella también decía que me quería, pero es sabido que la distancia consigue muchas veces marchitar una relación hasta hacerla perecer.

 

En este punto de la historia, puede parecer que eso fue lo que ocurrió, pero no ha sido así. Carolina, la mujer más generosa que yo he conocido, mantuvo conectado ese hilo secreto e invisible que une a los amantes y pasado el tiempo prudencial que requería socialmente mi nuevo estado civil, aceptó venir a vivir conmigo.

 

Mis amigos, los que me quedan, me preguntan en ocasiones qué médico me asiste y si tomo algún complejo vitamínico para estar tan vehemente y enérgico. Tal vez un día les desvele mi secreto y les cuente que el compuesto que me tiene así, aunque tiene nombre de mujer; no se llama Viagra ni lo venden en farmacias, si no que lo encontré en una floristería.

 

 

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¡Feliz Año Nuevo!, princesa

 
 

La obligación de pasarlo bien porque socialmente se ha decretado estar feliz un determinado día del año, nunca ha casado bien conmigo.  Hasta el año pasado cumplí con el ritual de reunirme con gente, tomar las uvas, brindar con champán, llevar ropa interior roja  y tras la última campanada abrazar a quien tenía al lado y gritar con fingido entusiasmo: ¡feliz año nuevo! Pero en este pasado fin de año,  por fin, ha sido todo distinto.

 

Tras una caliente y larguísima ducha, decidí estrenar las zapatillas con  mapaches que con tanto acierto me ha traído el Papá Noël esta navidad y ponerme el confortable pijama de franela rosa con estampado de búhos, que tengo desde hace dos temporadas. Frente al espejo y rodeada por la orla de humedad que deja el vapor acumulado durante la ducha, me fijé en mi aspecto. Recordé lo que me dijo Roberto en una ocasión, con esa voz de locutor de radio que le salía cuando se ponía solemne  – Nena, déjate de tonterías, que tu estás estupenda hasta con la bolsa del súper.   ¡Ay!... Cuánto deseé que me hubiese visto en ese instante.

 

Abrí la ventana del cuarto de baño apenas unos milímetros y minimizar así los estragos que produce la condensación del vapor en los azulejos de la pared, apagué la luz y me dirigí a la cocina a prepararme algo para cenar porque no hay que engañarse, la comida es lo mejor de la nochevieja. 

 

Sobre la mesita del salón tenía listo un buen surtido de películas, que previamente había seleccionado. Descorché una botella de sidra porque siempre la he preferido al champán y me dispuse a saborear mi cena y recibir el año con los personajes más carismáticos del celuloide.

 

Al sonar las doce en el reloj de la pared, como una Bridget Jones enfundada en mi viejo pijama de franela rosa, llené mi copa y brindé por Roberto. Deseé con fuerza que le fuesen bien las cosas y que algún día, de alguna manera, pudiéramos de nuevo reírnos en la cara del mundo si hiciese falta.

 

La auténtica Bridget, se besaba en ropa interior con Marc Darcy bajo la nieve, cuándo decidí acostarme.  

 

* * * * * *

 

Llevaba durmiendo más o menos una hora cuando un frío repentino recorrió mi cuerpo. -Feliz año nuevo, princesa…  escuché claramente. Me impresioné, pero tras unos segundos, el sobresalto se convirtió en malhumor. Tengo el sueño ligero y lo último que me apetecía, era desvelarme por ese sinsentido provocado seguramente por algún mazapán mal digerido. Resoplé sacudiendo el edredón y me di la vuelta. Me cubrí la cabeza, y recogí mi cuerpo hasta conseguir la socorrida posición fetal para entrar en calor.  Pasados unos minutos, más calmada, me fue invadiendo de nuevo el sopor.

 

-Vaya… ¿Ni un igualmente, siquiera?

 

La inconfundible voz de Roberto estremeció hasta la última de mis células.  Intenté hallar una explicación  a lo que estaba pasando, pero no podía pensar. Le vi apoyado en el quicio de la puerta, mirándome con sus ojos pequeños pero tan intensamente oscuros y abisales, que cuando caes en ellos, es imposible volver a salir.

 

No perdimos tiempo en contarnos cómo nos había ido, ni por qué había venido a esas horas, sólo nos abrazamos con tantas ganas, que ni un fino cabello hubiese conseguido interponerse entre nosotros. - Déjame mirarte, deja que grabe este momento en mi memoria, me dijo con ansiedad contenida.

 

No sé en qué momento se quitó la ropa.  Ni recuerdo cuándo me despojé yo de la mía. Mis pechos desnudos, erectos buscaban su boca y ésta, complaciente comió de ellos. El cosquilleo de su barba, excitó mis sentidos por completo y el aroma a madera y cítricos que exhalaba su cuello, sacó de mí el instinto más salvaje que recuerdo.

 

 

Recorrí su cuerpo intentando aprender nuevamente cada línea, cada saliente y cada recodo de su piel, y a la vez, marcar en ellos con mi boca y con mis manos la huella de ese instante.  Quería retener en mi lengua, el sabor de sus labios, de sus manos, de su pecho, de su vientre… y poder saciar el hambre desbocada y voraz que se apoderaba de mí.

 

Me acariciaba con maestría de artista y como el músico que afina las cuerdas de su guitarra, arranaba de mí notas hasta entonces no oídas. Conocedor sin duda del arte de amar a una mujer, se recreaba al deslizar sus dedos por los ardientes pliegues que se ocultan entre mis piernas. Y sin prisas, pero sin descanso, con la firme delicadeza de quien desgrana una fruta madura, lamía con placer el escondido fruto de sus anhelos. Y en cada beso, cada mirada y cada jadeo, iban impresas las palabras escritas, las caricias no dadas y el eco de todo lo dicho.

Agotada al terminar y con una plenitud desbordante, le dije riendo:

- ¡Feliz año nuevo, Roberto!

 

* * * * * *

 

Desperté por la mañana abrazada a la almohada, semidesnuda y con el pantalón del pijama enredado entre las sábanas. Aturdida, rememoré lo ocurrido…

 

Medio en broma, a veces digo que tengo telekinesia, por el poder, que no domino, de levantar cosas sin necesidad de tocarlas, pero tanto como para traer a Roberto esa noche, me pareció mucho poder. El zumbido que prvocó el móvil al vibrar me sacó de estas cavilaciones. En la pantalla apareció con varias horas de retraso, un mensaje de Roberto que decía: - ¡Feliz año nuevo!, princesa

 

Tal vez, no haya sido todo un sueño.

 

 

  

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Niña Buena

 

 

Hace unos meses, en uno de los viajes que hice para visitar a mi hermano, me acerqué al que fue mi antiguo colegio. Salvo algunos detalles que habían cambiado como el timbre o la gran puerta de hierro por la que entrábamos, hubiese dicho que no había pasado el tiempo por él.

 

Tras pulsar el timbre un par de veces, salió a abrirme una mujer sin toca ni hábito.  Ahora no es fácil distinguir a las monjas. Llevan faldas escocesas mostrando sus piernas, son rubias, morenas e incluso alguna tiene el pelo rizado. Siendo niña, jamás hubiese dicho que una monja pudiese tener pelo.   De no ser por una minúscula cruz que llevan incrustada como un pin en la chaqueta o en el cuello de la blusa, podrían pasar perfectamente por seglares.

 

--Buenos días, ¿en qué podemos ayudarle?

 

Yo había sido de las primeras niñas que fueron a ese colegio, y le dije que simplemente tenía curiosidad por saber que fue de las hermanas que  vivían en el convento.

 

--Demos un paseo mientras hablamos. Me contestó muy sonriente  -Yo soy la hermana Clara.

 

Hechas las presentaciones, me hizo volver sobre mis pasos y me acompañó a la puerta de una verja que ocultaba los jardines.  Habían pasado muchos años y sin embargo por un momento tuve la sensación de haber estado allí el día anterior.

 

Al pasar frente a mi antigua clase, y con la claridad que da el recuerdo, pude escuchar la voz de mi madre.  Se buena, me decía cada mañana al dejarme bajo la tutela de la monja portera. Nunca entendí por qué, de ninguna forma hubiese podido ser mala en aquel mundo habitado por mujeres que dedicaban su vida a Dios. Aunque esto, el hecho de que eran mujeres lo supe más tarde, a los cuatro años estaba convencida de que las monjas eran simplemente eso. No iban a la peluquería, no llevaban medias de nylon como mi madre, no iban a comprar y nunca las veía  en otro sitio que no fuese el colegio, la capilla o los jardines del convento.

 

Pese a ser confiada a esos extraños seres vestidos de negro de los pies a la cabeza, no me sentía a disgusto entre ellas y tengo gratos recuerdos del que fue mi primer colegio.

 

--¿Cuantas niñas tienen ahora, hermana Clara?

--Ninguna.  Cuando me enviaron aquí, el colegio ya había sido cerrado.  Ahora es una casa de retiro.

--¿Tienen abuelos?

 

No sé si fue mi pregunta o la expresión de mi cara, el caso es que hice reír a la monja. Rápidamente se apresuró a aclararme que no, que a pesar de que  su orden lleva centros de gente mayor,  era una casa de retiro para ellas mismas. Las monjas que por su edad o condiciones físicas ya no pueden trabajar, van a vivir allí.

 

Nunca hubiese imaginado encontrar mi colegio convertido en un asilo de monjas jubiladas o enfermas ¡Con lo activas que las recordaba! En el huerto, con los rosales, tendiendo interminables hileras la ropa, o por supuesto dando clase.

 

--¿Siguen haciendo el mes de mayo,  hermana Clara?

-- Por supuesto, a la Virgen no deben faltarle flores ni un solo día del año, pero mayo es el mes de María, me contestó sin perder la sonrisa un instante y como diciendo, lo sabes perfectamente.

 

No podía dar descanso a mi cabeza, iba y venia por los recortes de mi pasado constantemente y recordé también mi primer mes de mayo en el colegio. A mediodía nos llevaban a hacer la visita a la Virgen y no se por qué, a mi aquello me parecía una aventura de lo mas excitante.

 

El rumor que producían las suelas de los zapatos de veinte niñas y el tintineo del rosario de la hermana Joaquina,  rompían levemente el silencio y la quietud que se respiraba a lo largo del pasillo que conducía a la capilla.  -De dos en dos… sin correr…  las manos atrás, no toquéis nada… repetía hasta tres veces como en una letanía, antes de llegar.

 

Al entrar en la capilla las voces aniñadas del coro, se fusionaban en una inexplicable atmósfera, acrecentada por el olor de los cirios y los ornamentos florales que con tanto esmero cambiaban a diario las novicias.  Claveles blancos y lirios flanqueaban la figura del Cristo crucificado y alhelíes, azucenas y rosas blancas rodeaban el manto azul de la Virgen.

 

Algo que a mi joven cerebro también le costó procesar, fue que esos sonidos salieran de gargantas humanas. En el silencio de la capilla, esas voces aflautadas e imposibles resonaban de tal forma que llegué a pensar que provenían de los angelotes sonrosados y rubios que había pintados en las paredes, iguales a aquellos que flotaban ingrávidos y sin cuerpo en el cuadro que mi abuela tenia sobre el cabecero de su cama.

 

--¿Y la hermana Joaquina, vive todavía? Era una pregunta de esas que se hacen sospechando todo lo contrario, pero no,  la hermana Joaquina vivía y con aceptable buena salud.  Con sus noventa recién cumplidos, aparte de la pérdida de oído y alguna que otra laguna en su memoria, se encontraba bastante bien.

 

Nos dirigimos a un pequeño saloncito en el que las hermanas podían conversar unas con otras, hacer punto, jugar al parchís, o a las cartas… También fue una sorpresa para mí verlas divertirse.  ¡Cuanto habían cambiado las cosas!

No me costó demasiado reconocer a la hermana Joaquina. Llevaba el hábito de siempre y la chispa de sus ojos seguía siendo igual de brillante.

Por supuesto no me recordaba, pero se emocionó al saber que una antigua alumna suya, había ido a verla.

 

-Ay que ver hermana, cuanta guerra le dimos…– le dije alzando un poco la voz por su sordera. Se quedó pensativa y pasados unos segundos, respondió:

 

-- No lo creo, pareces una niña buena.

 

Desde luego ya no soy la niña que se quedaba embobada en misa, sin preguntar como podía el cuerpo de Cristo meterse en aquella forma redonda sin haber bajado de la cruz, ni por qué el cura se lo comía después.  Tampoco la que enrojecía con pensar que el chico que le gustaba pudiera estar mirándola, y también estoy lejos de ser la que en la discoteca alguna vez escuchó eso de “estás para comerte”, o “qué buena estás”.

 

¿Lo fui?...  ¿lo estuve?...  Simplemente espero haber no haber defraudado a nadie.

 

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Luego te llamo

 

El sol, filtrado a través de la persiana dibujaba atigradas líneas sobre su cuerpo y las hojas de la higuera movidas por una leve brisa formaban un baile de luces y sombras en la pared.

 

Mi mano, acariciaba sus mejillas jugando el cuidado fruto al que dio vida la perezosa mañana que no quiso afeitarse. Tal vez a mañana sofocante de un caluroso verano, o una de esas acolchadas por la escarcha y el hielo de la calle, que invitan a quedarse en la tibia quietud de la cama aún caliente.

 

En la tranquila mañana que nos envolvía, mi mano iba y venía amasando sus cabellos, desbordada en su mejilla, sintiendo en las yemas de mis dedos la magnitud de este momento que sólo fue mío.  Desnudo y vencido por el cuerpo a cuerpo mantenido minutos antes, permanecía inmóvil y con los ojos cerrados sonreía. Su torso perlado de sudor desprendía destellos de oro y saciado, el pequeño colibrí que habita mi vientre, había cesado su aleteo.

 

En el reloj de la iglesia sonaban las diez y como cada fin de  semana, el cortacésped de algún vecino comenzaba su monótono zumbido hasta el mediodía. Los dedos de la pequeña Christelle pulsaban sin descanso las teclas del piano de madame Thiébault y sus notas, en escalas discontinuas cruzaban el jardín hasta los pies de la cama. Poco a poco, el barrio se iba despertando.

 

-¿Quieres tostadas? Le pregunté haciendo el amago de levantarme.  No contestó,  su apenas perceptible respiración me dijo que se había quedado dormido. Salí de la cama despacio y procurando no hacer mucho ruido, cerré la ventana y cogí la ropa del armario.

 

Me giré un instante a mirarle. No pude evitar volver a su lado y con la ternura que se arropa a un niño pequeño, le cubrí y le di un beso.  Parece tan frágil cuando duerme...

 

-Descansa un poco más,  le dije bajito, luego te llamo.

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Bonitas Uvas

 

Que todos los días se parecen no es del todo cierto, de vez en cuando ocurren cosas que los hacen diferentes, incluso merecedores de un pequeño rincón en la memoria.

 

Es lo que ocurrió el pasado lunes 20 de octubre. Esa mañana no tenía que trabajar y me apeteció ir a echar un vistazo al nuevo supermercado que habían inaugurado recientemente en Rebastens. 

 

Cuando me disponía a introducir la moneda en la ranura del mecanismo que libera los carritos de la compra, escuché tras de mi la voz de mi vecino Thierry.

-¿Tu tampoco has podido resistir?

- Ya ves Thierry, y lo peor es que no necesito nada.

- Yo tampoco. Sólo vengo a mirar y distraerme un rato. Si quieres te llevo el carro y podemos mirar juntos.  

 

Me pareció una idea genial, el empujaba y yo podía ir y venir por los pasillos con total comodidad. Ahora con un cartón de zumo, ahora con una caja de bolsas de té, más tarde con unas galletas de coco con virutas de chocolate. Si, la porra la dieta, pero aunque prefiera el café solo, alguna vez lo deseo con compañía.

 

En el expositor de fruta, había una gran variedad de uvas. Recuerdo las Chasselas, que son de grano dorado y pequeñito; las Moscatel, muy aromáticas pero ese día estaban demasiado verdes; uvas negras Napoleón; las Crimson, especiales para ansiosos porque no tiene semillas… De repente sentí una necesidad casi vital de comer uvas, ¿pero cual elegir? Le hice una seña a Thierry para que se adelantara hacia las cajas porque no quería que se aburriera esperando.

 

En ese momento salió un chico del almacén portando en sus manos una caja de unas hermosas uvas rosadas de granos grandes, apetitosos y perfectamente redondos. Eché todas las que cogían en una bolsa y fui en busca de Thierry.  

 

Le encontré apoyado en la barra de empujar el carro hablando con un desconocido. Deposité las uvas con cuidado y me quedé entre ellos esperando ser presentada. Thierry seguía hablando, pero el desconocido había dejado de prestarle atención. Era obvio que yo había interrumpido su conversación y aunque contestaba a lo que Thierry decía, no dejaba de mirarme a mí. Yo también le miraba y…  no sé, quizás fueron décimas de segundo pero algo muy extraño pasó.  No sé como explicarlo, hay cosas que sólo se pueden ver en los ojos de quien te mira en ese segundo preciso y que nadie más, por muy mirón que sea, es capaz de ver.

 

Sonriendo, me extendió la mano y en un español perfecto dijo:

-Hola, soy Rubén.

-María, hola. ¿Sois compañeros de trabajo? Le pregunté señalando a Thierry

-No, sólo nos conocemos de coincidir en algún torneo de tenis. Soy profesor de español en el instituto de Rabastens.

-Pues encantada de conocerte Rubén, le dije extrañamente contenta.

 

Mientras avanzaba la cola, seguimos hablando de lo bonito que es el súper nuevo, del tiempo que hace este otoño y de otras mil cosas intrascendentes pero que en ese instante cobraron un insólito interés. Al llegar su turno, dispuso sus cosas en la cinta, y tras haber pagado se despidió:

-¡Hasta pronto, Thierry!. ¡Mucho gusto, María!,  ¡Bonitas uvas!

 

Era la primera vez que alguien alababa mis uvas y no supe qué decirle. Fue cuando me di cuenta de que apenas había hablado con Thierry. Le miré avergonzada, pero en su sonrisa vi que no estaba enfadado. Es un buen chico. Tal vez le regale algo por navidad, no sé.  

 

Hace un rato me he comido el último racimo y mientras lo hacía pensaba en Rubén y lo sucedido. Si le gustó su aspecto, seguro que le encantaría probarlas.  Sus granos son carnosos, dulces y tan repletos de zumo, que cuesta retenerlo en la boca al hacer estallar su suave piel entre los dientes. Un exquisito placer tanto para el paladar como para la vista.  No creo que los romanos en sus célebres bacanales, disfrutaran de una uva mejor.  Mañana iré a comprar más.  

 

Si veo a Rubén alabaré su pan, su espuma de afeitar o sus ciruelas y si quiere, lo invitaré a probar mis uvas.

 

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Miradas II

 
Mi propósito al acostarme siempre es levantarme con el tiempo que necesito. Lo cierto es que nunca lo consigo. Cada día salgo a la carrera de casa y llego a la estación con el corazón latiéndome en la garganta por el esfuerzo.

¡Ding, dang, dong… ding, dang, dong!...- Tren procedente de Barcelona detenido en vía 1 y con destino a Massanet-Massanas, va a efectuar su salida dentro de breves instantes. Tiene prevista su parada en El Masnou, Premiá, Mataró… Repite como una letanía un día tras otro la voz de megafonía.
 
De un salto penetro en el vagón y mientras aprovecho para tomar aliento, echo una mirada a quienes van a compartir el viaje conmigo. Con facilidad distingo a mi derecha una monja con los ojos cerrados, abstraída en sus pensamientos o dormida. Frente a ella una pareja de ancianos. Una mujer que lucha verbalmente con sus hijos con el inútil empeño de que no peleen entre ellos. Más atrás, un joven en cuyas orejas se alojan unos casi imperceptibles auriculares. Y al fondo, apenas visibles por encima del respaldo del asiento, distingo los ondulados cabellos del que intuyo pueda ser el hombre de ojos azules que seguí el día anterior.

El tren se pone en marcha y a pesar de lo incómodo que resulta caminar en un suelo móvil, me dirijo con simulada decisión hacia él.
-Buenos días, ¿Está libre este asiento? Pregunto haciendo acopio de valor al comprobar que efectivamente es el mismo hombre.
Se hace a un lado absorto por la lectura de su periódico. Tras mirarme brevemente lo cierra, y con una sonrisa digna de un anuncio de dentífrico exclama: -¡Claro que lo está!. Sonrío y me siento frente a él.

Hoy lo veo distinto. El pelo en un desorganizado caos, el viejo pantalón vaquero y la camisa de algodón blanco roto, le dan un aspecto un tanto bohemio, acrecentado tal vez por el intenso moreno de su piel. El sol penetra radiante por la ventanilla tornando el color de sus ojos en un nítido azul agua de mar.
Con vivacidad, hace alusión a nuestra coincidencia de horarios y destinos, comentamos las noticias que vienen en el periódico, hablamos por supuesto del maravilloso día que hace, y en absoluto prestamos atención a quien sube y baja en las estaciones intermedias a nuestra parada.

-Buenos días…, billetes, por favor. Requiere un inoportuno, rechoncho y bigotudo revisor en el pasillo. Un masticable silencio se apodera del ambiente únicamente roto por el murmullo de los viajeros y el traqueteo del propio tren. Con habilidad de equilibrista, el revisor pica los billetes, saluda al devolverlos y sigue con su trabajo.

Tras un par de minutos, el tren frena de nuevo y por la ventanilla distingo -Mataró- nuestro punto de destino. Veo a Mercedes colocando ordenadamente sus tiras de cupones en el kiosco y un jardinero trabajando los parterres circundantes. En el andén un grupo de niños con gorras y mochilas espera ansioso la detención total del tren.

Desciendo del vagón escarbando en mi bolso. ¿Donde están mis gafas de sol? Un grupo de turistas, a los que presumo ingleses por su forma de vestir y su piel de color rojo langostino, se dirige a la parada de autobuses. Mi apenas conocido acompañante me adelanta, y sin dejar de caminar se gira diciendo: - ¿A las cinco y media?… sonrío complacida, asiento y me pongo las gafas.

-¡Por cierto!… me llamo Pedro, clama a distancia con el brazo en alto y el periódico en la mano, para inmediatamente y como el día anterior…perderse mezclado entre la gente.

Inspiro el penetrante aroma de las madreselvas recién regadas, y en el hall de la estación suena Dreams de Cranberries...
El día, se anuncia perfecto.
 
 
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Placer Adulto

 

Como la niña que a escondidas se sube a la silla para coger el bote de la mermelada,  disfruto de su sabor también cuando está vacío.  Arrastro el dedo en su interior y lo acerco a mis labios, con esa mirada inocente de los ojos que miran al cielo.  En ese momento, podrían crecerme dos alas doradas al mismo tiempo que traviesos diablillos cosquillean mis pies.  Sin querer incluso, alguna vez se despiertan en mis manos, otros apetitos. Pero nada es comparable a lo que me ocurre cuando abro el bote por primera vez. 

 

Desenrosco la tapadera y el leve crujir del aluminio del precinto, anticipa lo que irremediablemente va a suceder. Tras despegarlo, el aroma del cacao, sutil y volátil penetra por mi nariz.  Me evoca playas lejanas de arena blanca y palmeras, donde yacen bajo el sol cuerpos desnudos de piel morena, frente a un mar cristalino y perfecto.

 

Pierdo el sentido de las proporciones. El tarro se hace cada vez más grande y yo puedo verme sentada en el borde de su gigantesca boca, con las piernas colgando hacia dentro. Hacia esa superficie lisa y satinada de la crema de chocolate que parece llamarme en silencio,  salta… salta… salta

 

 -La puntita nada más, tan solo la puntita del dedo- pienso mientras lucho contra mis propios instintos.  Los pequeños demonios que habitan en mis pies,  me tiran de los tobillos para que caiga adentro.  La tentación, es tan grande...

 

El príncipe de Beukelaer me observa desde sus doradas galletas. Las magdalenas, espectadoras privilegiadas, pegan su cara de luna llena al plástico del envase para no perderse el evento, y desde el primer estante del armario, ensordecidas por las bolsitas de té, me animan las voces entusiastas y dulces de los bastoncillos de canela, ¡hazlo ya!…  ¡hazlo ya!

 

Un segundo… dos… tres…  y totalmente ebria por el aroma del cacao,  me entrego. Sucumbo al placer de ahondar con mi dedo corazón en la densa crema, para al fin llevarlo a mi ya acuosa y dispuesta boca. La lengua excitada, acaricia la suavidad dulce del chocolate alrededor de mi dedo y mis labios, desbordan de puro gozo por las comisuras de la boca al chupetearlo.

 

Si, cuando esto ocurre, alcanzo un almibarado clímax en mi interior y a veces no puedo evitar sentirme culpable, pero ¿quién no se somete al placer alguna vez?.

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El espíritu de la navidad

 

Escribí este relato hace un par de años, inspirado en lo que vivi una tarde de diciembre, mientras compraba los últimos regalos de navidad.   Había evitado ponerlo porque es algo tristón, pero hubo a quien le gustó en su día y dado que las musas me tienen algo abandonada y no escribo nada nuevo, aquí os lo dejo.

 

* El Espíritu de la Navidad * 

 

En el hilo musical del centro comercial sonaba “Noche de Paz” y los últimos clientes con sus carros cargados hasta los topes, hacían cola en las cajas.
Ya empezaban a dolerme los pies después de estar seis horas paseándome por la zona que teníamos asignada esa semana. Desde la cafetería hasta la tienda de flores, pasando por la consigna y la entrada de la puerta n°1 con su inmenso árbol. Un precioso abeto de casi tres metros, decorado en plata. Tenía bolas de todos los tamaños, pequeños paquetes simulando regalos, velas, espumillones, lazos hechos con cintas con perlas bordadas… todo milimétricamente colocado, y en la parte más alta una estrella de cinco puntas bordeada de luces intermitentes.

Ser vigilante de seguridad, a pesar de pasar tanto tiempo de pie, tenía sus momentos divertidos. A Felipe, mi compañero de turno, le gustaba inventarse historias según la cara y el aspecto de la gente. A veces, incluso competíamos a ver quien la imaginaba más divertida, o más descabellada…pero desde que colocaban el abeto decorado en la entrada, ni el ni yo éramos capaces de imaginar nada. Las caras no nos decían gran cosa. Eran caras sin expresión definida y miradas huecas. Decía Felipe que el espíritu de la navidad los había abandonado.

Veíamos gente deambulando de un lado a otro como autómatas, parándose frente a los estantes de juguetes, mirando los precios, comparando uno con otro… a parejas discutiendo por algo tan absurdo como el regalo que Papa Noel le tenía que traer a sus hijos, o por si sería Papa Noel o los Reyes Magos. También alguna mujer mirando los langostinos y que después de mirarlos, miraba al marido. Y algún que otro marido con una botella de buen licor en la mano, que después de mirar el precio y a su mujer, la volvía a dejar en el estante. Madres empujando los carros, herméticas al llanto de sus hijos. Manos tomando cualquier artículo y volviéndolo a dejar, y en todas las caras la misma expresión. Miradas vacías, sin ningún interés por nada concreto.
Mucha… mucha gente es la que veíamos al cabo del día Felipe y yo... pero muy pocas caras felices. Hasta esa tarde…

-¡Mira Julia, míralo bien! Me dijo Felipe agarrándome del brazo y señalándome hacia el oso vestido de Papa Noel que habían puesto frente a la tienda de ropa infantil y que lanzaba incansable al aire,  incontables pompas de jabón .
- ¿Que mire que? ¿Las pompas de jabón que lanza el oso?
- ¡No tonta!...jajajaja… ¡Su cara!
Y cogiéndome sobre los hombros guió mi mirada con su dedo índice hasta la cara de un niño, que sentado en su sillita, sonreía embelesado por la magia desprendida de las irisadas, ligeras y  perfectamente redondas  pompas que salian de la boca del oso.
- Ahí lo tienes Julia… Ahí está el espíritu de la Navidad… En la sonrisa inocente de ese niño.

Felipe sabía utilizar las palabras justas en el momento apropiado, y siempre conseguía que terminara el turno con una sonrisa… Después de firmar la hoja de asistencia a la salida, se despidió dándome un beso y deseándome Feliz Navidad. Se subió la cremallera de su cazadora de cuero negra, se puso el casco, y desapareció con su nueva moto entre las luces de colores de la ciudad.
Regresé contenta a casa, donde me esperaba toda mi familia para la cena de Nochebuena.

Ese año también pasaba las fiestas con nosotros mi hermano, que había regresado de Nicaragua donde estaba de cooperante con una ONG.
Al día siguiente, día de Navidad por la tarde, cuando Felipe volvía de la casa de sus padres, un conductor borracho invadió el carril contrario y provocó un accidente, en el que el casco, poco pudo hacer por mi compañero y amigo.

Este año, me han asignado la misma zona. Mi nuevo compañero es bastante soso. Dice que inventar historias sobre la gente es una estupidez y se limita a rellenar la hoja de control de asistencia.
En el hilo musical suenan villancicos en bucle y la vista del abeto, en esta ocasión decorado en azul, no hace más que deprimirme.
Intento buscar la sonrisa del niño de las pompas de jabón en la cara de otros niños, y a veces, parece que consigo verla. E incluso alguna vez, diría que yo también sonrío, pero no estoy segura de si es eso, o sólo soy un reflejo.

Creo que he pasado a formar parte del colectivo de caras de mirada vacía, victimas del abandono del espíritu de la Navidad. Echo de menos a mi compañero Felipe, seguro que se le ocurriría algo para hacerme reír.

Aún me quedan dos horas y tengo los pies doloridos. No me gusta la navidad.  Estoy deseando acabar mi turno para irme a casa, meterme en la cama y dormir.


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Visitas inoportunas


Con el glamour que da un delantal estampado con cítricos y frutas tropicales fui a abrir la puerta. Nunca abras una puerta sin preguntar quien es, me aconsejaba mi madre siendo niña, pero en un alarde de confianza y casi con la plena seguridad de que era el cartero, me terminé de secar las manos, me atusé las greñas y sin mirar por la mirilla, abrí.

Y allí estaba, inoportuna como es habitual en ella.  Erguida, mirando desde arriba con el cuello estirado como la que siempre se está asomando,  y un moño que en vano aprieta para alisar las arrugas de su  cara.

- ¿Vengo en mal momento? Dijo con retintín y el cinismo al que nunca terminaré de acostumbrarme.  Por supuesto que si, alguien como ella, siempre llega en el peor momento.  Si supiera lo infinitamente molesta que es, lo pensaría dos veces antes de irrumpir sin previo aviso en la casa de nadie, pero ella es así, amén de ser una vieja impertinente y fastidiosa;  es maleducada.

- Hacia tiempo que no venía y quería darte una sorpresa. Siguió diciendo con esa sonrisa de hiena estreñida que tanto me crispa.  Hace  tiempo que la conozco y es como de la familia. La típica pariente a la que no soportas pero que te ves obligada a atender porque no te queda otro remedio. Viendo la bolsa que traía supuse que venía dispuesta a quedarse, pero aún así, le pregunté con la esperanza de que sus planes fuesen otros. Como podéis imaginar, estaba equivocada.

-Si no te importa… No me daba igual,  pero ya estaba en casa. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Terminé de fregar los platos intentando no prestarle atención, aunque a veces es prácticamente imposible. No perdí los nervios cuando se pegó literalmente a mí, mientras le ponía sábanas limpias a la cama  y aguanté estoicamente, cuando después de darme una ducha con un gel carísimo y relajante al aceite de ylang-ylang y extracto de karité, vi que estaba sentada en el bidé con su bolso pasado de moda sobre las rodillas, pero aunque en ese momento estaba callada, su omnipresencia es suficiente para acabar con la paciencia de cualquiera.

- No te preocupes por mí  y haz lo que tengas que hacer, que si  no ceno, tampoco pasa nada.  

Si alguien merece un premio a la más insolente y desagradable de las compañías, es ella. Su  irritante voz se metió por mis oídos, y como una oruga que devora las hojas de una morera,  poco a poco, me fue rebanando y comiendo la cabeza con sus rancias y sempiternas historias. Que si fulana es mas joven que ella, pero está mas vieja, que si a mengana le robaron mientras dormía, que si su vecina se ha liado con el negro que vive en el piso de arriba, que si esto, que si lo otro… Dejé de hacer esfuerzos por disimular mi malestar, pero a ella no parecía importarle, seguía hablando y hablando sin apenas respirar, mientras yo me llevaba la mano a la cabeza y le imploraba a dios que obrase el milagro de sellarle la boca y si era posible, la hiciese desaparecer por los siglos de los siglos.

Apenas probé bocado en la cena y me acosté sin muchas esperanzas de poder dormir, pero lentamente fui consumiendo mi vigilia por puro agotamiento, hasta que finalmente,  pude cerrar los ojos.

Cuando desperté por la mañana, vi que se había marchado igual que había venido, sin avisar.  La Sra. Migraña es así;  imprevisible, inoportuna y muy maleducada. Viene cuando quiere, y se va cuando le da la gana. Esta última vez ha estado sólo un día. ¿Cuánto tardará en volver?

 
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Transparente

Quizás fuese producto del cansancio o tal vez, no me había despertado aún del todo.  Bajo el agua de la ducha no podía ver con claridad mis pies y mis mulsos por los que sentía resbalar la espuma del jabón, se iban convirtiendo en formas etéreas que no alcanzaba a percibir. Pensé que debía ser un efecto producido por el vapor del agua que llenaba la cabina de la ducha,  pero al salir, frente al espejo me di cuenta de lo que ocurría. A través del leve dibujo de mi silueta podía ver con absoluta nitidez los azulejos de la pared que tenía detrás. Mi cuerpo, e incluso el albornoz de algodón rosa que acababa de ponerme, cobraron una inverosímil forma volátil y traslúcida.

En un principio me asusté, pero poco a poco, el hecho de ser transparente, fue formando parte de mi cotidianidad. Así, los días discurrían planos e infinitos y las semanas, pasaban a una velocidad  tan extrema que casi me producían vértigo. Un vacío cada vez más grande y asfixiante me iba engullendo haciéndome gradualmente más invisible, hasta que decidí poner fin a esa sensación de angustia permanente y fabriqué mi propio mundo. Un mundo de colores inventados en el que podía soñar,  respirar, vivir…

Como en la adolescencia, volví a escribir mis sueños que lanzaba a extraños mares en botellas imaginarias. Océanos habitados por la más extraordinaria y heterogénea fauna, con la que me sentía sorprendentemente a gusto.  Yo era transparente y me fundía a la perfección en ese insólito mundo de seres fugaces, oníricos, e incorpóreos.  

Sin saber cómo ni porqué, debió de ser la casualidad, el azar, o simplemente tenía que suceder así, porque así debía estar escrito;  el destino me puso frente a frente con un apuesto y fornido tritón.  Al ver mis ojos reflejados en el verde marino de los suyos, sentí una rara sensación que tenía olvidada en el tiempo, un extraño e intenso mareo que me hizo perder el equilibrio.  Por suerte, sus fuertes brazos me sujetaron impidiendo que cayese de bruces al suelo.

Yo era transparente,  pero él supo verme.

Desde entonces, amparados por las sombras de la noche nos vemos en secreto en las rocas de la orilla. Yo lo espero disfrazada de sirena y él emerge de las olas, solícito y galante, dispuesto a poner la luna en mi mano si se la pidiese.

Nos fundimos en abrazos infinitos e imposibles. Él, rodea mis transparencias con la firmeza de sus brazos, enreda sus dedos en mis cabellos húmedos y lame con placer la sal de mis pies descalzos. Yo, mimo su irisada, brillante y vigorosa cola que acaricio y beso sin descanso. Ansiosa, bebo con una sed insaciable y permanente, el agua de su torso, de sus manos, de su boca…

Me susurra al oído canciones que sólo él conoce y con una loca agitación,  retozamos sobre un lecho de algas verdes. Las anémonas, enrojecen al ver  nuestra ardiente lujuria y los mejillones nos lanzan guiños anaranjados, sonriendo pícaros y complacientes desde las rocas.

Convertida en amazona marina, sujeto entre mis muslos su brioso e inquieto timón tornasolado,  y excitados por las burbujas que provoca su gran aleta, pasamos la noche forjando filigranas de espuma en el agua,  saltando las crestas de las olas y  haciendo piruetas de delfín.

Exhaustos y felices miramos la luna desde la orilla. Yo recuesto mi cabeza sobre su pecho y él me abraza y dibuja arabescos azules con su serpenteante cola sobre la arena.

Sé que es extraño, quimérico, que escapa a la razón, pero amo a este hombre, o debiera decir pez, no lo sé, es increíble, pero le amo.  Antes del amanecer, debe regresar al mar, al mundo al que pertenece, pero mientras está conmigo, es mío, sólo mío.   

Él me ve…  Con el agua verde de sus ojos y a través del trasluz etéreo de mi cuerpo, él me ve.

 

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Pecado Venial

 

Al entrar en la tienda un universo infinito de llamativos colores reclama mi atención. Mil y una formas encerradas en grandes recipientes acristalados, reposan pacientes a la espera de que una mano sin voluntad las recoja y se las lleve. Bastoncitos de caramelo, rugosas y aromáticas frambuesas, esponjosas nubes rosas, palitos de regaliz, dulces y blandos huevos de yema anaranjada, tiernos ositos de goma, chupetes,  platanitos rebozados en cristales de azucar, o las humildes y sencillas perlitas de gominola.  Un sin fin de tentadores y dulces estímulos visuales y aromáticos, capaces de hacer sucumbir la voluntad más férrea.

Silvie, la dependienta,  mira su reloj de pulsera. Es casi la hora de cerrar. Me habla del tiempo, de lo loco que está últimamente,  pero no le presto mucha atención porque estoy concentrada en la resolución de un dilema, ¿frambuesas o huevitos?

El reloj del Ayuntamiento avisa que son las siete.  Por fin, me decido por las frambuesas, y con precisión de relojero, las voy cogiendo una a una con las pinzas y las pongo junto con los ositos amarillos y naranjas en la bolsa.  Pero,  ¿cómo no coger también chupetes y platanitos?  Al ser de precios distintos, necesito dos bolsas. Silvie, se impacienta;  le da la vuelta al letrero de la puerta en el que desde fuera se lee  Fermé, y me da tres. Ella me conoce y sabe que no me iré sin los palitos de regaliz rojo.

Ebria de aromas dulces de vainilla, naranja, caramelo y fresa, pago mi cuenta y salgo de la tienda. Tengo el coche muy cerca y subo a él para volver a casa.  Pongo la llave en el contacto, y entonces le veo sentado en uno de los bancos de la plaza. Me ha costado reconocerle sin el uniforme. Está con las piernas cruzadas y una mano en el bolsillo de la cazadora. Con  la otra sujeta un cigarrillo del que aspira y  vomita grandes bocanadas de humo. Es Arnaud, el municipal.  El uniforme le sienta muy bien, pero casi me gusta mas así, con el pantalón vaquero y la cazadora de cuero negra. Debería irme a casa, pero la tentación de observarle es más fuerte que yo.

Arnaud descruza las piernas y apaga la colilla  con el pié. Amparada por las sombras de los tilos de la plaza,  sigo mirándole, y sin darme cuenta abro despacio la cremallera del bolso.  A tientas y sin apartar la mirada, palpo en el interior intentando adivinar las formas. Aromas ácidos excitan mi nariz llenando mi boca de acuosos fluidos. A estas horas ya no pasa nadie por la calle. Únicamente estamos, Arnaud y yo. 

Como la niña que a escondidas se sube a la silla de la cocina para coger el tarro de la mermelada,  sucumbo al placer de mi más oculto y  liviano pecado. Cojo entre mis dedos uno de los pequeños, amarillos y tiernos plátanos de gominola azucarada, lo llevo a mi boca, lo succiono pecaminosa y lentamente hasta que sin remedio, desaparece deshecho y licuado, sobre mi lengua.  

Arnaud se levanta del banco y se marcha. No me ha visto.  Yo, giro la llave del contacto y vuelvo a casa.

 
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Alina y Marco



Alina y Marco vivían con sus familias junto al río Mincio, al norte de Italia. Se conocían desde niños, y pasaban juntos todo el tiempo.
Pescaban cangrejos en el río, iban a buscar trufas, recogían huevos de perdiz o simplemente se tumbaban en la hierba a buscar figuras en las nubes.
Siempre había sido así, hasta que Alina cumplió los catorce años. Sus padres como la mayoría de los padres de aquella época, no querían que la mujercita en la que se había convertido se siguiera comportando como una niña, y empezaron a controlar sus salidas.

Alina no comprendía que la vida hubiese cambiado tanto, y progresivamente se fue sumiendo en una profunda tristeza que la hacía llorar por cualquier motivo. Cuando salía con sus hermanas a recoger bayas, lo hacía sin ilusión y cuando se tumbaba en los trigales, el vacío de Marco le impedía encontrar nada bonito en el cielo.
A él por su parte, le partía el corazón verla a distancia y el mundo había dejado de ser un sitio divertido para vivir. Necesitaba estar cerca de ella, escuchar su risa y ver la marca que sus pies dejaban al pisar la hierba.

No los dejaban estar juntos, pero se seguían. Se buscaban con las miradas, se sabían y se conocían tanto, que no necesitaban hablar para entenderse. Así fue como lo decidieron junto a los chopos del río una mañana, les bastó un cruce de miradas para saberlo. Ya no había más tiempo que perder y lo harían esa noche, cuando la luna estuviese en el centro del río.

Cuando estuvo segura de que todos dormían, con la ligereza y rapidez de una serpiente, Alina se deslizó bajo las pieles de su lecho y salió de la choza. Corrió hacia el río, al lugar señalado; con un arrebato y una urgencia desconocidos y nuevos. Al verse, impacientes y sorprendidos por esa extraña fuerza que los invadía, se abrazaron, se besaron, se tocaron con toda la intensidad que pudieron soportar sus jóvenes corazones, y con la luna como testigo, por primera vez se amaron.

Al día siguiente los encontraron. Sus cuerpos abrazados, yacían inertes en una tumba que ellos mismos habían abierto en la tierra pocas horas antes. A su lado, restos de bayas de belladona, la más vieja de las tres parcas encargadas de cortar el hilo de la vida, contaron lo sucedido.

Nadie quiso separarlos.

El pasado seis de febrero, Elena Menotti directora de un equipo de excavaciones en Mantua, al sur de la ciudad de Verona en Italia, comentaba emocionada el hallazgo sin precedentes de una tumba con los restos de dos jóvenes abrazados. Cincuenta siglos después, Alina y Marco, aunque probablemente sus nombres fuesen otros, mantienen inalterable su infinito abrazo.

 
 
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Insomnio, aviones, recuerdos

 
Son las cinco de la mañana. La tos, entre otras cosas, no me deja dormir y me he tenido que levantar. Afuera se oye un avión. No sé hacia donde va, quizás ya esté a trescientos kilómetros de aquí porque apenas se puede percibir. Me acuerdo que en la casa de mis abuelos cuando era niña y ya estaba en la cama, oía a Joaquín, el vecino cuando salía en su pequeña Guzzi. En aquellos años y en el campo, cualquier ruido por mínimo que fuese, se podía escuchar con toda nitidez.

Sigo oyendo el avión y quiero pensar que sobrevuela España ahora. Me da igual qué parte de España sea. La Guzzi de Joaquín se escuchaba pasar por la parte trasera de la casa, hacia el camino de la viña y de ahí a la carretera. Se podía oír perfectamente durante todo el trayecto desde su casa, hasta el bar de Cayetana en el pueblo. Justo a dos kilómetros y medio de allí.

El sonido del avión de antes, ha sido silenciado por otro. Este parece que va en dirección opuesta porque cada vez lo escucho más cerca. Ahora hay otro más. El aeropuerto de Toulouse-Blagnac tiene mucho tráfico esta madrugada.

Se ha levantado viento. La puerta del garaje se mueve con un quejido metálico y sordo. Un cuarto avión está pasando justamente por encima de mi casa y se oye muy fuerte, ha despegado hace minutos.
- ¿Qué hago contando aviones y no ovejas? ¡La gente normal cuenta ovejas para dormir!

Joaquín el de la Guzzi, tenía un rebaño muy grande y la puerta del corral muy rota. A veces se le escapaba algún cordero y cuando volvía del bar de Cayetana, ni se daba cuenta. El pobre cordero se pasaba la noche con su bee bee bee, bajo mi ventana, pero la tajada tan tremenda que traía Joaquín, lo sumergía en un profundo sueño y no se enteraba de nada.

Ya son las cinco y media. Mi vecino, el que tengo ahora, va a ir de caza. Puedo escuchar perfectamente a sus perros ladrar excitados antes de subir a la furgoneta. Después de años haciendo lo mismo cada sábado, aún no se han acostumbrado.
La nevera se ha callado y curiosamente los aviones también. Ahora sólo escucho el zumbido de mi portátil. Las paredes también crujen y se quejan. Estar siempre en la misma postura es muy incómodo y pesado. Yo no podría ser pared, y aunque a veces he intentado comportarme como ellas, siempre termino desmoronada.

Son más de las seis y estoy cansada. Sujeto mi cabeza apoyando la frente en la palma de mi mano. Pronto va a amanecer. Las encinas del río dibujan sus sombras negras en el cielo y si cierro los ojos, qué extraño es todo esto… veo los felinos ojos de Roberto, el rubio cachas con el que estuve la semana pasada. Le veo mirarme y decirme, ven… ¡Y vaya si iría! pero al abrirlos otro gato, el que simula el respaldo de la silla de una de las niñas con las que trabajo; un gato negro cuyas pupilas son extrañamente grandes y redondas, me mira desde el borde de la mesa, y me dice que me olvide, que no es posible.

El viento se ha calmado, y el día se levanta envuelto en oscuras nubes. Me vuelvo a la cama antes de que el azul se diluya como el humo en la nada; cuando aún puedo ver con claridad sus ojos al cerrar los míos. Quizás pueda retenerle y dormir un rato abrazada a él.
 
 
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Ardilla Roja y el Lobo

 
Era cálido y olía a agua de Loewe. Me aferré a él en un fuerte e intenso abrazo cuando me ayudó a bajar del coche. Se le notaba fuerte y musculoso, lo que me reconfortaba. Levanté la cara para ver cual era el aspecto de la suya, pero empezaba a oscurecer y apenas pude distinguir el contorno. Estaba aturdida, se parecía al rubio cachas con el que había salido del pub y al que entregué las llaves de mi coche, sin embargo, ahora aparentaba ser mucho más alto.

-¿Te conozco? Balbucí...

Sonriendo puso su dedo índice sobre mis labios para hacerme callar, pero no dijo una sola palabra. Me tomó de la mano y me hizo entrar en una casa que a esas horas, en las que la bruma empezaba a deslizarse entre los árboles, tenía el aspecto de una casa encantada. Una casa de cuento no muy grande con las paredes forradas de madera, en la que languidecían unas ascuas en la chimenea. En poco tiempo fueron reavivadas por sus expertas manos lo que hizo que se inundara la estancia de reflejos envolventes de naranja y ámbar. Las sombras, adormiladas comenzaron a hacer cabriolas en las paredes y si una palabra puede resumir lo que transmitía ese entorno, es simplemente, magia.

Se acercó a mí como si fuese a besarme en la boca pero en vez de eso, llevó sus labios cerca de mi oreja, metió su nariz en el hueco que queda entre mi cuello y el hombro y ahí se quedó… respirándome. Me sentía desconcertada, turbada, mareada, no tanto por lo que había bebido si no por mi actitud. Había entregado las llaves de mi coche a un desconocido que me había llevado a su casa, del que no recordaba su nombre y por el que sentía un extraño e intenso magnetismo. Algo me decía que saliera corriendo mientras me quedase un poco de lucidez, pero por otro lado… la tibieza de su aliento me tenía pegada a él, igual que un imán a un clavo. En toda mi vida había sentido nada igual.

Me desabrochó la blusa sin brusquedades, se notaba que sabía tratar a una mujer y despacio puso sus manos sobre mis pechos presionándolos con suavidad. Dio una vuelta en torno a mí acariciando mi pelo, lentamente, como un lobo que acorrala a su presa, que la hipnotiza y la deja como él me tenía a mí, alelada, inmóvil y a su completa merced.

Por la ventana se veía el bosque sumergirse en la más intensa negrura. En la chimenea crepitaban los troncos haciendo bailar el fuego, y mientras mi lobo exploraba esta nueva tierra, la primavera parecía renacer. Montes, colinas, valles… el monte bajo bordeado de musgos y humedales, olía a encina verde y a violetas. Y así, poco a poco, inmersa en ásperos aromas de resina de pino, mantillo y retama, se apoderó de mí una sensación desconocida por lo remota.
La firmeza de sus manos, la textura de su piel, su barba de dos días cosquilleando en mi ombligo, hacía crecer en mí un río de amplias orillas; un amazonas tropical e impetuoso, deseoso de ser navegado. Las mías, al timón de una barca ansiosa por hacerse a la mar, trazaban círculos bordeando márgenes en un camino ya sin retorno.

Había llegado el momento de soltar el remo, zambullirse, y nadar. Sumergirse como un pez en las aguas más profundas, dejarse arrollar por las olas y mojarse de salpicaduras saladas. De bailar juntos, muy pegados como dice la canción, haciendo piruetas de delfín y ser acunados por el mar de las emociones. Bracear…y empujar con fuerza como un salmón que navega río arriba, una vez y otra… y otra....

En pocos minutos un maremoto sacudió mis entrañas e inconsciente, quedé de nuevo abrazada a él.

Desperté por la mañana con una fuerte sensación de resaca, mas de sexo que de alcohol, bajo la atenta mirada de sus ojos que en ese instante me parecieron tan azules como el mismo cielo.
-¿He muerto? Dime que he muerto y que eres un ángel. Le dije con más nerviosismo que vergüenza. Volvió a taparme la boca con el dedo.

-No has muerto, y no soy un ángel. Estás deliciosamente loca y puede que yo también lo esté, pero me gustas. Es lo único que se.
Siguió hablando, pero no podía oírle. El bombeo de la sangre en mis oídos me dejó sorda de repente, y sólo escuchaba el eco de ese ‘me gustas’.

Por cierto, anoche no te dije mi nombre. Me llamo Roberto.


 
 
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Los sueños de Nolo

 
El cuerpo de su amada con olor a fruta madura, se abre acogiendo el amor que él reclama. Una amalgama de sabores dulces y salados, invaden su boca. Sumergido en oleadas de ardientes deseos, entes etéreos susurran en su oído. Mmmm! Ay!…. Gime, retorciéndose inconsciente bajo las sábanas.
El despertador desgarra el silencio de este amanecer de principios de verano. Nolo, sobresaltado; se sienta en la cama llevándose la mano al pecho. Agitado se pone en pie con el centinela en posición de “firmes”. Aliviado y sonriente, constata el efecto provocado por su sueño. Recogiendo artillería y tras un rápido aseo, se viste como cada jueves. Abotona apresurado la camisa de cuadros azules y blancos que le regaló su tía Erenestina poco antes de morir y se pone su viejo y desgastado traje de color gris. Atropellado y emitiendo grandes gloup…gloup…gloup, engulle su tazón de café de malta con leche, en el que flotan restos de migas de pan.

Nolo es un hombre triste y gris, tan gris como su viejo traje. Pasados los cincuenta, rechoncho, bajito, cabeza despoblada, mejillas sonrosadas y algo miserable; consume su vida en un húmedo y céntrico piso del barrio de la Barceloneta que anteriormente compartió con su tía y ahora tiene en usufructo.

En su reloj son ya las ocho y cinco. Tiene que apresurarse en bajar la escalera. Es el instante en que sale de su casa la bella Elena para tomar el autobús de las ocho y quince y por nada del mundo quiere perderse ese momento.

Elena viste un vaporoso vestido de lino blanco en esta ya calurosa mañana. Su larga y tupida cabellera rojiza le da un aspecto salvaje y leonino. Es fácil saber que se siente de buen humor. En su rostro se dibuja la sonrisa del amor, iluminando sus pequeños ojos  pícaros y profundamente oscuros.
El autobús bamboleándose, entra en la gran avenida en dirección al centro. Nolo, con intenso regocijo se sienta junto a ella en un desesperado intento de captar de cerca, aunque sólo sea el olor afrutado que desprende su roja melena.

Durante el trayecto, el vaivén cadencioso y rítmico propiciado por el suelo de adoquines, amodorra a los viajeros. La cabeza redonda y calva de Nolo se balancea en todos los sentidos hasta que poco a poco sus párpados se relajan y terminan por cerrarse...

De pronto se imagina a lomos de un caballo blanco, espada en mano, al asalto del castillo donde se encuentra prisionera la bella Elena a la que consigue rescatar. Después la tumba en un prado y con urgencia le suelta el corsé dejando al descubierto dos redondeces blancas y turgentes, coronadas por sendas frutas rojas que apuntan al cielo. Hambriento, se lanza sobre ellas con el corazón al borde del infarto.

Un frenazo brusco saca a Nolo de su error. Con el sobresalto, pierde apoyo y va a dar con su boca en el hombro desnudo de Elena. El autobús se detiene por fin y Elena baja de él dejando al pequeño hombre de traje gris, en compañía de sus pensamientos…


Riiiiiiiiiiing... riiiiiiiiiiing … El despertador rompe súbitamente el silencio de la habitación de Nolo, sin abrir los ojos, de un golpe seco lo para. Con la boca pastosa y frotándose la cabeza por los sueños tan extraños que ha tenido se dirige al cuarto de baño. Tras una larga, caliente, y tonificante ducha, sale envuelto en su albornoz de algodón salvaje.
Afeitado con triple hoja, loción de Loewe, mechones rubios en su sitio, boxer de Calvin Klein, pantalón vaquero, camisa de color berenjena, chaqueta de Dolce & Gabbana, zapatos de Gucci. -¡Perfecto! se dice guiñándose un ojo frente al espejo.

Nolo se dispone a tomar el desayuno, que con esmero le ha preparado Elena, su asistenta. Una joven bielorrusa de ojos azules y finos cabellos dorados que recogió de la calle dos meses atrás, en una de sus habituales noches de alcohol y otros excesos. Al terminar, se acomoda el rolex de oro, regalo de su tía Ernestina en su treinta cumpleaños. Son ya las ocho y cinco.

El barrio de Pedralbes se despierta inmerso en una soleada y cálida mañana y Nolo se siente de particular buen humor. Echa un último vistazo a su maletín, y con la seguridad que da sentirse dueño del mundo, sale a la calle. Hoy no le apetece conducir.

Al doblar la esquina, queda inmóvil, absorto, fascinado, sin dar crédito a lo que ocurre.
Desde la acera contraria, una criatura maravillosa y sublime, le tiene hechizado. Una pelirroja de largos y voluminosos cabellos se acerca con el andar cadencioso y felino de una leona a la parada del autobús y por primera vez en su vida Nolo, se siente enamorado. Arrebatada y tontamente enamorado.
 
 
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Natalia, o el amor

Antonio Senciales, amante de la literatura y crítico aficionado, entra de vez en cuando en este rincón de la web. En una de sus entradas  me dejó un mensaje en el que decía que echa de menos aquí uno de mis relatos.

El trabajo en cuestión es el resultado de un ejercicio para un taller de escritura.  Había que confeccionar una historia a partir de lo que inspirase el tema The Package de A Perfect Circle.

Escuchándolo nació hace un ya año Natalia, o el amor. Dudé en presentarlo, pero Alparcero que fue la primera persona en leerlo, me dio el último empujón. Quedó segundo en la clasificación del taller de ese mes y aunque no sea el más bello de mis hijitos,  estoy tan orgullosa de él como de los otros.  Os he dejado The Package en la lista de música.
 
 
- Natalia, o el amor -
 

Había dejado de creer en el amor y en los hombres desde hacía tiempo, y no obstante, sin querer pretenderlo, algo dentro de ella estaba empezando a cambiar. ¿Y si le confesara la verdad?... ¿Y si le dijese que me estoy enamorando? …se preguntó ante el espejo, terminando de retocarse el maquillaje. ¿Pero que estoy diciendo? Concluyó ella misma mirándose a los ojos. ¡No estoy enamorada! Y con decisión cogió el bolso y  fue como cada viernes a su encuentro en “El Naufrago”. A medida que sus pasos se acercaban, una creciente desazón la hacia temblar en su interior como una hoja en un día de viento. ¿Y si el fuese distinto? Se preguntaba sin dar descanso a su cabeza mientras jugaba nerviosa con el cierre de su bolso.


Apoyado en la barra la esperaba Ignacio. Un industrial de mediana edad, de aspecto elegante al que había conocido unos meses atrás en ese mismo bar. Un hombre al que el trabajo lo tenía absorbido entre viajes, reuniones y eventos sociales, convirtiendo su vida en algo totalmente plano y aburrido. Alguien en búsqueda permanente de algo que lo sacara de su monótona existencia.

Sonriendo abiertamente se levantó para recibirla al verla llegar. Y sin poder reprimir el gesto, la agarró del culo acercándola hacia él para darle un beso… -¿Qué tal la semana, nena? Le preguntó dando un trago a su gin tónic. –Hoy sólo tengo dos horas, añadió sin darle tiempo a contestar.

Prisas, malditas prisas, pensaba ella sin haberse separado de él ni un milímetro. ¿Que excusa habrá dado esta vez?, ¿Qué plan habrá urdido para poder venir?, se decía mentalmente, mientras a través de la fina tela de su falda, notaba la abultada entrepierna de Ignacio en contacto con sus muslos.
-¿Quieres que vayamos?, le dijo ella cayendo una vez más y de forma irremisible en el vértigo que le producía la profundidad de sus ojos negros. Ignacio, había conocido a muchas mujeres, pero Natalia era distinta. Le bastaba el tono de su voz o una simple mirada, para volverlo literalmente loco de excitación. Y con un ademán de afirmación, apuró los últimos sorbos de su vaso, pagó la cuenta y se levantó dispuesto a seguirla.

Natalia tenía una interminable espalda de perfecta piel sedosa, terminada en el más maravilloso culo en forma de pera que él había visto en toda su vida. Tanto, que lo tenía fuera de sí desde aquella primera vez que la vio desnuda. Verla de espaldas mientras caminaba, provocaba en él un apetito feroz, hasta el punto de no poder evitar tocarse a través del bolsillo del pantalón. Sus piernas, largas y firmes como columnas de alabastro; ahora dibujaban trazos sinuosos haciendo contonear su figura como un anticipo de la danza de cuerpos que llevarían a cabo en pocos minutos.
La distancia se le hizo interminable, hasta que por fin oyó cerrarse la puerta tras él.

-Vamos nena… ¡dámelo!... Le dijo ansioso cogiéndola por detrás de forma lasciva mientras le mordisqueaba la oreja y con la mano abierta le rozaba el sexo por debajo de la ropa interior. A ella le gustaban esas manos grandes, cálidas y decididas, que conseguían hacerla arder al más mínimo roce. El pecho, la cintura, la espalda, el vientre… recorriendo su cuerpo despacio como si de un acto religioso se tratase… De hecho lo era. Natalia se había convertido en su diosa.
– ¡Dámelo todo!, le susurraba febril con la boca pegada a su cuello, mientras con el pene, duro y erecto, le dibujaba arabescos sobre la piel de las nalgas al frotarse contra ella.

A Natalia, su particular diosa del sexo, le excitaba enormemente ese “dámelo”. Y poniéndose de rodillas, besó su pene erguido, pétreo e impaciente. Lo recorrió lentamente con la humedad de su boca para introducirlo después en ella. Jugó con él trazándole círculos alrededor y presionándolo suavemente con la lengua. Succionándolo lentamente y saboreándolo a placer. A ella le gustaba hacerlo. Porque era en ese momento, y a pesar de las mentiras que tenía que inventar para poder verla, cuando lo sentía total y realmente suyo.

Ignacio no quería dejar ni un milímetro de su cuerpo sin acariciar, saborear, explorar, ver o tocar. Deseaba poseerla en plenitud. Anhelaba emulsionarse en ella utilizando la fórmula única y especial que conformaban sus cuerpos en ensamblaje perfecto. -Todo es mío, nena, jadeaba poniéndola de espaldas apoyada en ambas manos sobre el borde de la cama,…-Todo es mío, repetía una vez y otra cogiéndola por las caderas mientras con movimientos rítmicos la penetraba con frenesí.
-Mío... mío… mío…
Gemidos, susurros, sudores. Mezclas de fluidos y olores…
-Mío… mío… mío…
Ignacio, creyendo morir de placer, abrazó con fuerza el cuerpo de Natalia, descargando en ella su más intima esencia. Y así quedó, inmóvil, aspirando el aroma de su piel con los ojos cerrados, queriendo grabar en su memoria ese instante, cada vez nuevo y diferente.

Un timbre se oía. El tiempo se había agotado, Natalia sería de nuevo su diosa el próximo viernes, pero ahora seguiría trabajando… otro cliente la esperaba en el bar.

 
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Siete letras... Dos palabras (relato)

 
 
Después de mil vueltas en la cama, he resuelto levantarme. Otra noche más en mi lista de noches blancas.
En la cocina enciendo la suave luz del extractor. Tal vez una infusión pueda ayudarme a dormir. Manzanilla con anís, té, hierba luisa, menta poleo… Al final me he decidido por la hierba luisa.

Sobre la mesa tengo el papel que dejé al acostarme. Un papel en blanco… como esta noche.
Mi musa se fue llevándose las palabras que no consigo escribir. El agua hierve. La vierto en la taza y la bolsita preñada por la humedad, se hincha. Le añado un terrón de azúcar; no, mejor dos.
Me siento frente al papel y pongo la radio bajita. ¿Quién sabe?, quizás Morfeo me acoja entre sus brazos y me tararee una nana al oído, o a mi musa le de por volver.

La voz de Bryan Adams canta en inglés palabras que no entiendo, y sobre el papel aparece despacio, una amalgama de letras dispuestas a ser víctimas de mi mala alquimia literaria. Del altavoz de la radio salen acordes de guitarra. Bebo de la taza un trago largo y caliente y me dejo llevar por el vapor inhalado y la música. Me llevan a tardes de feria. Tardes de toros negros, tan negros como mi noche blanca. A un patio encalado, con naranjos y geranios rojos. Sus ventanas con rejas, como ojos muy abiertos miran a una fuente que hay en el centro. Los susurros de su agua me invitan a acercarme a ella. Mira mi fondo, me dice con su hídrica y cantarina voz, y en él veo dibujado, un arco iris de luna, apenas una etérea caricia visual para mis cansados ojos.
Un suave contraluz perfila una silueta en una de las ventanas. La observo. Una mujer con la punta de su pluma, borda palabras sobre un mar de papel. Y en la mesa, desperdigadas esperan cantidad incontable de letras. Como las piezas de un gran puzzle del que tan sólo hay siete colocadas.

Mi noche blanca ya no es noche. El sol empieza a salir, la hierba luisa está fría y en mi papel, ahora lleno de borrones sólo se puede leer… Querido Roberto:
 
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Cuando el silencio grita.

 
Anoche, mientras estaba en la cama y lo máximo que se oía era el “tictac” del reloj de la mesilla, la pesadez del silencio se me ha hecho insoportable.

He oído pasar el mercancías de las tres de la mañana….

En España vivía en un barrio cerca de la vía del tren. Oí pasar tantos trenes…
Era un barrio obrero donde nos conocíamos todos, en el viví mas de la mitad de mi vida. Los pisos tenían paredes que no dejaban ver, pero que sí obligaban a oír.
A veces resultaba incómodo tener que oír la música proveniente de algun piso, las discusiones, o incluso las juergas que si se alargaban mucho, no te dejaban dormir.

He recordado a mis vecinos de escalera en sus idas y venidas del trabajo, a las mujeres juzgando a quien se dejaba la puerta de la calle abierta, a los niños jugando en el portal los días de lluvia… los olores desprendidos de los extractores de las cocinas … las voces… los sonidos…

Fueron tantos años los que viví allí, que a veces, cuando estaba sin hacer nada y había tranquilidad en casa, me entretenía en reconocer quien subía o bajaba por la escalera, por el sonido de los pasos, por la forma de mover las llaves, o cómo se frotaban los pies en el felpudo. Un simple carraspeo, un silbido, a veces una respiración, un quejido, un risa, delataban quien estaba en la escalera.

Anoche la falta de sonidos era tan patente, que el silencio me gritaba y no me dejaba dormir.
 
 
 
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VEN


- Ven. Acércate…
Mira mi tierra hambrienta y sedienta de ti, siémbrala de caricias y envuélvela en tus manos.
O no… mejor espera. Quédate ahí. Inmóvil guardián entre mis piernas abiertas.
Siente, huele, admira, observa…

Mi respiración se entrecorta, mi corazón se sobresalta y mi pulso se acelera. Mi pecho se hincha arqueando mi espalda y como antenas verticales hacia cielos magnéticos, se elevan alzados, erectos salientes. Delicadas curvas sobre mi piel blanca dirigen mi mano hacia el jardín escondido. Arbusto rizado junto a estanque embebido, apenas rozado por mi dedo curioso. Visitante que duda tocando sus bordes. Impúdico viajero por tierras ardientes, explorador improvisado de profundidades marinas.
Se filtra un riachuelo salado mojando mi suelo y como perla brillante, se levanta erguido, el pequeño centinela de mi placer prohibido. Henchido de ganas, se tensa al extremo.

- Escucha…
El chapoteo de mis dedos en la humedad salada. Remolino agitado, espiral enloquecido. Silenciando mis gemidos mi boca se seca, y mi lengua se agita alrededor de mi dedo, empapado y borracho del licor destilado.
Suspiro y me remuevo en una danza sin reglas escritas, abriendo y cerrando las piernas como un corazón que de vida, palpita.

Oye mis quejidos…respira mis aromas…observa mi cuerpo que ansioso te llama…
Saborea el sudor en mi piel ruborizada. Los dedos mojados que te doy en ofrenda. Las lagrimas saladas que dejo brotar.
Ven ahora, hazme gozar.


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