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Kit -KatHay quien le llama un kit-kat.
Yo lo llamo, retiro temporal involuntario. Hay ciertos problemillas que me están teniendo apartada de aquí y no puedo dedicaros el tiempo que quisiera.
Os quiero.
Hasta pronto. Insomnio, aviones, recuerdosSon las cinco de la mañana. La tos, entre otras cosas, no me deja dormir y me he tenido que levantar. Afuera se oye un avión. No sé hacia donde va, quizás ya esté a trescientos kilómetros de aquí porque apenas se puede percibir. Me acuerdo que en la casa de mis abuelos cuando era niña y ya estaba en la cama, oía a Joaquín, el vecino cuando salía en su pequeña Guzzi. En aquellos años y en el campo, cualquier ruido por mínimo que fuese, se podía escuchar con toda nitidez.
Sigo oyendo el avión y quiero pensar que sobrevuela España ahora. Me da igual qué parte de España sea. La Guzzi de Joaquín se escuchaba pasar por la parte trasera de la casa, hacia el camino de la viña y de ahí a la carretera. Se podía oír perfectamente durante todo el trayecto desde su casa, hasta el bar de Cayetana en el pueblo. Justo a dos kilómetros y medio de allí. El sonido del avión de antes, ha sido silenciado por otro. Este parece que va en dirección opuesta porque cada vez lo escucho más cerca. Ahora hay otro más. El aeropuerto de Toulouse-Blagnac tiene mucho tráfico esta madrugada. Se ha levantado viento. La puerta del garaje se mueve con un quejido metálico y sordo. Un cuarto avión está pasando justamente por encima de mi casa y se oye muy fuerte, ha despegado hace minutos. - ¿Qué hago contando aviones y no ovejas? ¡La gente normal cuenta ovejas para dormir! Joaquín el de la Guzzi, tenía un rebaño muy grande y la puerta del corral muy rota. A veces se le escapaba algún cordero y cuando volvía del bar de Cayetana, ni se daba cuenta. El pobre cordero se pasaba la noche con su bee bee bee, bajo mi ventana, pero la tajada tan tremenda que traía Joaquín, lo sumergía en un profundo sueño y no se enteraba de nada. Ya son las cinco y media. Mi vecino, el que tengo ahora, va a ir de caza. Puedo escuchar perfectamente a sus perros ladrar excitados antes de subir a la furgoneta. Después de años haciendo lo mismo cada sábado, aún no se han acostumbrado. La nevera se ha callado y curiosamente los aviones también. Ahora sólo escucho el zumbido de mi portátil. Las paredes también crujen y se quejan. Estar siempre en la misma postura es muy incómodo y pesado. Yo no podría ser pared, y aunque a veces he intentado comportarme como ellas, siempre termino desmoronada. Son más de las seis y estoy cansada. Sujeto mi cabeza apoyando la frente en la palma de mi mano. Pronto va a amanecer. Las encinas del río dibujan sus sombras negras en el cielo y si cierro los ojos, qué extraño es todo esto… veo los felinos ojos de Roberto, el rubio cachas con el que estuve la semana pasada. Le veo mirarme y decirme, ven… ¡Y vaya si iría! pero al abrirlos otro gato, el que simula el respaldo de la silla de una de las niñas con las que trabajo; un gato negro cuyas pupilas son extrañamente grandes y redondas, me mira desde el borde de la mesa, y me dice que me olvide, que no es posible. El viento se ha calmado, y el día se levanta envuelto en oscuras nubes. Me vuelvo a la cama antes de que el azul se diluya como el humo en la nada; cuando aún puedo ver con claridad sus ojos al cerrar los míos. Quizás pueda retenerle y dormir un rato abrazada a él. ![]() La danza del agua
Sobre el origen de la danza de la lluvia, hay varias versiones. Una de ellas pudo ser la que originó lo ocurrido la tarde que Amadahy, que en cherokee significa Agua del bosque, protagonizó con otros niños del poblado después de varios días de lluvia. Esa tarde Amadahy estrenaba mocasines y no se los quería mojar, de modo que iba dando saltos y girando entre los charcos. -¿Qué estas haciendo? Le preguntó su primo Awi-ni-tá (Ciervo joven). - No quiero mojarme los pies. Viendo esto, Awi-ni-tá comenzó a hacer lo mismo que Amadahy, y tras él Zorro negro, Muchacha sonriente, y los demás niños del poblado. Todos se pusieron a danzar entre los charcos. Es sabido que los indios de todo hacían una gran ceremonia, y desde entonces conmemoraban el momento con esa danza en la que participaban todos. En un principio era una simple celebración tras la lluvia, pero en épocas de sequía comenzaron a hacerla para recordar a los dioses la falta de agua. En realidad no quería hablaros de la danza de la lluvia de los indios Cherokee si no de la Danza del agua de una fuente. Es un video que me ha enviado una amiga de Cantabria y me ha parecido precioso. (Gracias Marina) Podeis verlo dando al play y descargarlo en "Mis videos" La música que acompaña a la danza del agua, es 'Time to say godbay' (Con te partiró), en las voces de Andrea Bochelli y Sara Brightman. Es una música que me produce extrañas emociones y por supuesto también la teneis en la lista de música.
15 de Febrero, San Claudio de la ColombièreYa ha pasado… con sus ramos de flores, sus cajitas de bombones y sus falsos besos. San Valentín, patrón de los enamorados terminó a las 24 horas del dia de ayer. Por eso hoy, dia de San Claudio de la Colombière, yo felicito a los que mantienen viva la llama del amor, esa que produce el cosquilleo en el vientre sólo por el hecho de pensar en la otra persona, algo así como un orgasmo de baja intensidad como leí en alguien; a los que necesitan del calor de ese fuego cada día para sentirse vivos y luchan juntos para que no se extinga, a todos ellos, felicidades.
Hay quien dice, que el verdadero amor, no es eso. Que lo importante es lo que queda. Pero… ¿Qué queda? Cuando el fuego se consume, y la flor se seca, no queda más que… nada, o como mucho un recuerdo de lo que fué. Por eso se inventan días como el de San Valentín, porque sin ilusión, sin magia, sin sueños… la vida se vuelve de un aburrido color gris. Y aunque a veces haya momentos de un gris verdoso porque piensas que algo nuevo puede suceder, o un interesante gris anaranjado porque algo te hace reír, el gris es permanente. Cada uno es cada uno y opina lo que quiere, pero pienso que la falta de amor termina por enfermar a las personas. Se vuelven irritables, se deprimen, están tristes, somatizan sus dolores de alma en problemas físicos. Por supuesto, me incluyo. Tengo un amigo que cuando le lloro porque estoy de bajón, siempre me dice que me acuerde de los que tienen cáncer, o de los que no pueden comer cada día, porque eso, si es un verdadero problema. Y si, es verdad… además de estar triste podría estar enferma, pero por qué será que eso no me consuela… En fin, parece que la niebla se disipa y tendremos un bonito día de sol. Tal vez salga con la bicicleta a dar una vuelta. Hoy os voy a dejar un tema muy antiguo. Tiene un rancio gustillo a película de blanco y negro que a mí particularmente, me encanta. No tenéis más que dar al play para escucharla. Rum and coca-cola de las Andrew Sisters.
Ardilla Roja y el LoboEra cálido y olía a agua de Loewe. Me aferré a él en un fuerte e intenso abrazo cuando me ayudó a bajar del coche. Se le notaba fuerte y musculoso, lo que me reconfortaba. Levanté la cara para ver cual era el aspecto de la suya, pero empezaba a oscurecer y apenas pude distinguir el contorno. Estaba aturdida, se parecía al rubio cachas con el que había salido del pub y al que entregué las llaves de mi coche, sin embargo, ahora aparentaba ser mucho más alto.
-¿Te conozco? Balbucí... Sonriendo puso su dedo índice sobre mis labios para hacerme callar, pero no dijo una sola palabra. Me tomó de la mano y me hizo entrar en una casa que a esas horas, en las que la bruma empezaba a deslizarse entre los árboles, tenía el aspecto de una casa encantada. Una casa de cuento no muy grande con las paredes forradas de madera, en la que languidecían unas ascuas en la chimenea. En poco tiempo fueron reavivadas por sus expertas manos lo que hizo que se inundara la estancia de reflejos envolventes de naranja y ámbar. Las sombras, adormiladas comenzaron a hacer cabriolas en las paredes y si una palabra puede resumir lo que transmitía ese entorno, es simplemente, magia. Se acercó a mí como si fuese a besarme en la boca pero en vez de eso, llevó sus labios cerca de mi oreja, metió su nariz en el hueco que queda entre mi cuello y el hombro y ahí se quedó… respirándome. Me sentía desconcertada, turbada, mareada, no tanto por lo que había bebido si no por mi actitud. Había entregado las llaves de mi coche a un desconocido que me había llevado a su casa, del que no recordaba su nombre y por el que sentía un extraño e intenso magnetismo. Algo me decía que saliera corriendo mientras me quedase un poco de lucidez, pero por otro lado… la tibieza de su aliento me tenía pegada a él, igual que un imán a un clavo. En toda mi vida había sentido nada igual. Me desabrochó la blusa sin brusquedades, se notaba que sabía tratar a una mujer y despacio puso sus manos sobre mis pechos presionándolos con suavidad. Dio una vuelta en torno a mí acariciando mi pelo, lentamente, como un lobo que acorrala a su presa, que la hipnotiza y la deja como él me tenía a mí, alelada, inmóvil y a su completa merced. Por la ventana se veía el bosque sumergirse en la más intensa negrura. En la chimenea crepitaban los troncos haciendo bailar el fuego, y mientras mi lobo exploraba esta nueva tierra, la primavera parecía renacer. Montes, colinas, valles… el monte bajo bordeado de musgos y humedales, olía a encina verde y a violetas. Y así, poco a poco, inmersa en ásperos aromas de resina de pino, mantillo y retama, se apoderó de mí una sensación desconocida por lo remota. La firmeza de sus manos, la textura de su piel, su barba de dos días cosquilleando en mi ombligo, hacía crecer en mí un río de amplias orillas; un amazonas tropical e impetuoso, deseoso de ser navegado. Las mías, al timón de una barca ansiosa por hacerse a la mar, trazaban círculos bordeando márgenes en un camino ya sin retorno. Había llegado el momento de soltar el remo, zambullirse, y nadar. Sumergirse como un pez en las aguas más profundas, dejarse arrollar por las olas y mojarse de salpicaduras saladas. De bailar juntos, muy pegados como dice la canción, haciendo piruetas de delfín y ser acunados por el mar de las emociones. Bracear…y empujar con fuerza como un salmón que navega río arriba, una vez y otra… y otra.... En pocos minutos un maremoto sacudió mis entrañas e inconsciente, quedé de nuevo abrazada a él. Desperté por la mañana con una fuerte sensación de resaca, mas de sexo que de alcohol, bajo la atenta mirada de sus ojos que en ese instante me parecieron tan azules como el mismo cielo. -¿He muerto? Dime que he muerto y que eres un ángel. Le dije con más nerviosismo que vergüenza. Volvió a taparme la boca con el dedo. -No has muerto, y no soy un ángel. Estás deliciosamente loca y puede que yo también lo esté, pero me gustas. Es lo único que se. Siguió hablando, pero no podía oírle. El bombeo de la sangre en mis oídos me dejó sorda de repente, y sólo escuchaba el eco de ese ‘me gustas’. Por cierto, anoche no te dije mi nombre. Me llamo Roberto. Los sueños de NoloEl cuerpo de su amada con olor a fruta madura, se abre acogiendo el amor que él reclama. Una amalgama de sabores dulces y salados, invaden su boca. Sumergido en oleadas de ardientes deseos, entes etéreos susurran en su oído. Mmmm! Ay!…. Gime, retorciéndose inconsciente bajo las sábanas.
El despertador desgarra el silencio de este amanecer de principios de verano. Nolo, sobresaltado; se sienta en la cama llevándose la mano al pecho. Agitado se pone en pie con el centinela en posición de “firmes”. Aliviado y sonriente, constata el efecto provocado por su sueño. Recogiendo artillería y tras un rápido aseo, se viste como cada jueves. Abotona apresurado la camisa de cuadros azules y blancos que le regaló su tía Erenestina poco antes de morir y se pone su viejo y desgastado traje de color gris. Atropellado y emitiendo grandes gloup…gloup…gloup, engulle su tazón de café de malta con leche, en el que flotan restos de migas de pan. Nolo es un hombre triste y gris, tan gris como su viejo traje. Pasados los cincuenta, rechoncho, bajito, cabeza despoblada, mejillas sonrosadas y algo miserable; consume su vida en un húmedo y céntrico piso del barrio de la Barceloneta que anteriormente compartió con su tía y ahora tiene en usufructo. En su reloj son ya las ocho y cinco. Tiene que apresurarse en bajar la escalera. Es el instante en que sale de su casa la bella Elena para tomar el autobús de las ocho y quince y por nada del mundo quiere perderse ese momento. Elena viste un vaporoso vestido de lino blanco en esta ya calurosa mañana. Su larga y tupida cabellera rojiza le da un aspecto salvaje y leonino. Es fácil saber que se siente de buen humor. En su rostro se dibuja la sonrisa del amor, iluminando sus pequeños ojos pícaros y profundamente oscuros. El autobús bamboleándose, entra en la gran avenida en dirección al centro. Nolo, con intenso regocijo se sienta junto a ella en un desesperado intento de captar de cerca, aunque sólo sea el olor afrutado que desprende su roja melena. Durante el trayecto, el vaivén cadencioso y rítmico propiciado por el suelo de adoquines, amodorra a los viajeros. La cabeza redonda y calva de Nolo se balancea en todos los sentidos hasta que poco a poco sus párpados se relajan y terminan por cerrarse... De pronto se imagina a lomos de un caballo blanco, espada en mano, al asalto del castillo donde se encuentra prisionera la bella Elena a la que consigue rescatar. Después la tumba en un prado y con urgencia le suelta el corsé dejando al descubierto dos redondeces blancas y turgentes, coronadas por sendas frutas rojas que apuntan al cielo. Hambriento, se lanza sobre ellas con el corazón al borde del infarto. Un frenazo brusco saca a Nolo de su error. Con el sobresalto, pierde apoyo y va a dar con su boca en el hombro desnudo de Elena. El autobús se detiene por fin y Elena baja de él dejando al pequeño hombre de traje gris, en compañía de sus pensamientos… Riiiiiiiiiiing... riiiiiiiiiiing … El despertador rompe súbitamente el silencio de la habitación de Nolo, sin abrir los ojos, de un golpe seco lo para. Con la boca pastosa y frotándose la cabeza por los sueños tan extraños que ha tenido se dirige al cuarto de baño. Tras una larga, caliente, y tonificante ducha, sale envuelto en su albornoz de algodón salvaje. Afeitado con triple hoja, loción de Loewe, mechones rubios en su sitio, boxer de Calvin Klein, pantalón vaquero, camisa de color berenjena, chaqueta de Dolce & Gabbana, zapatos de Gucci. -¡Perfecto! se dice guiñándose un ojo frente al espejo. Nolo se dispone a tomar el desayuno, que con esmero le ha preparado Elena, su asistenta. Una joven bielorrusa de ojos azules y finos cabellos dorados que recogió de la calle dos meses atrás, en una de sus habituales noches de alcohol y otros excesos. Al terminar, se acomoda el rolex de oro, regalo de su tía Ernestina en su treinta cumpleaños. Son ya las ocho y cinco. El barrio de Pedralbes se despierta inmerso en una soleada y cálida mañana y Nolo se siente de particular buen humor. Echa un último vistazo a su maletín, y con la seguridad que da sentirse dueño del mundo, sale a la calle. Hoy no le apetece conducir. Al doblar la esquina, queda inmóvil, absorto, fascinado, sin dar crédito a lo que ocurre. Desde la acera contraria, una criatura maravillosa y sublime, le tiene hechizado. Una pelirroja de largos y voluminosos cabellos se acerca con el andar cadencioso y felino de una leona a la parada del autobús y por primera vez en su vida Nolo, se siente enamorado. Arrebatada y tontamente enamorado. MetamorfósisAnoche pensé en Anita. Íbamos juntas al colegio. Por aquellos años yo tenía unas enormes orejas, unas horribles pecas y unas espantosas gafas que ocultaban el único rasgo físico destacable en mí. Qué lastima que uses gafas, me decían los chicos. Anita también usaba gafas, pero a nadie le importaba porque tenía un culo respingón y prieto que cubría con las faldas heredadas de su hermana. Escasamente, como hechas a medida. Un si es no es justo para que no se le viera la goma de la braguita. Nunca supe cómo lo conseguía. Los babosos de Alberto, José María y Narciso, nunca se apenaron por sus gafas. Sus miradas iban más bien dirigidas a comprobar el color de la ropa interior de Anita que el de sus ojos. Los padres de Alberto tenían un garaje muy grande, donde los chicos hacían fiestas de vez en cuando. A nosotras nos invitaron muchas veces. En realidad la invitaban a ella, pero raramente aceptaba si no iba yo. Era mi mejor amiga. Anita no era guapa, pero no le hacia falta porque como ya he dicho, tenía culo. Cuando los chicos la sacaban a bailar apoyaban sus manos sin ningún pudor sobre sus nalgas y ella sabedora de su arma, más lo apretaba. A veces la odiaba por eso. Yo tampoco era guapa. Se lo escuché decir a mi abuela una calurosa tarde de agosto años atrás. Estábamos en la iglesia esperando que el cura empezase la misa. -Si, es mi nieta; pero no es guapa. Contestó mi abuela con parquedad. Además del asco que me dio ese sudor frío en la cara, mí querida abuela me decepcionó. Supongo que lo haría sin darse cuenta, pero lo hizo; contribuyendo en parte a la adolescente tremendamente insegura que fui después. Si mi propia abuela había dicho eso de mi, no quiero imaginar lo que de verdad pensarían Alberto y su pandilla. El día que estreno ropa o voy a la peluquería, mi hijo pequeño me dice que estoy fea, pero lo que quiere decir, es que me ve diferente. Entonces, le recuerdo el día que nació. Llegó tras un viaje relativamente breve, con los ojos muy hinchados, la nariz aplastada y las orejas plegadas como una mariposa cuando sale de su crisálida. Se parte de risa, cuando se lo cuento… Le dije: ¡Hola guapo! En ese instante le mentí pero sabía que en cuanto le diesen un baño, y pasasen unas horas, seria el niño mas guapo del hospital. Tengo un amigo que me dice guapa por cualquier tontería y cuando lo hace no puedo evitar reirme, recordando a Anita y sus esfuerzos por apretar las nalgas en el garaje de Alberto. Cada uno es como es, y como las mariposas cuando salen de su pupa es cuestión de tiempo que las alas muestren toda su belleza. Aunque, eso si, unas más que otras.
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